Si vuelvo otra vez por el camino andado
no quiero hallar ni ruinas, ni nostalgia.
Lo mejor es creer que pasó todo
como debía.
Y al final, me queda una certeza:
haber vivido
Si vuelvo otra vez por el camino andado
no quiero hallar ni ruinas, ni nostalgia.
Lo mejor es creer que pasó todo
como debía.
Y al final, me queda una certeza:
haber vivido
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al fin y al cabo,
solo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son ridículas.
Quién me diera en el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.
Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.
Hace falta la noche para ver las estrellas.
Igual que ayer, hoy busco -lo dijo Juan Ramón-
una verdad aún sin realidad;
busco en la tinta verde de todo lo que escribo
un planeta sin nombre o una jungla perdida.
Y hace falta la noche.
Yo me siento en las sombras,
prendo un fósforo,
tallo mis esmeraldas, construyo mis panales.
Todo es igual y todo es diferente.
La vida,
que fue un río,
es ahora un océano,
el pasado es la arena y el agua es el futuro.
Hace falta la noche.
Todo está en mí
lo mismo que un clavo en la madera:
cada paso en la nieve,
cada luz apagada,
cada piel encendida.
Si tú eres la yegua de ámbar
yo soy el camino de sangre
si tú eres la primer nevada
yo soy el que enciende el brasero del alba
si tú eres la torre de la noche
yo soy el clavo ardiendo en tu frente
si tú eres la marea matutina
yo soy el grito del primer pájaro
si tú eres la cesta de naranjas
yo soy el cuchillo de sol
si tú eres el altar de piedra
yo soy la mano sacrílega
si tú eres la tierra acostada
yo soy la caña verde
si tú eres el salto del viento
yo soy el fuego enterrado
si tú eres la boca del agua
yo soy la boca del musgo
si tú eres el bosque de las nubes
yo soy el hacha que las parte
si tú eres la ciudad profanada
yo soy la lluvia de consagración
si tú eres la montana amarilla
yo soy los brazos rojos del liquen
si tú eres el sol que se levanta
yo soy el camino de sangre
Su mirada, cansada de ver pasar
las rejas, ya no retiene nada más.
Cree que el mundo está hecho
de miles de rejas y, más allá, la nada.
Con su caminar blando, pasos flexibles y fuertes,
gira en redondo en un círculo estrecho;
al igual que una danza de fuerzas en torno a un centro
en el que, alerta, reside una voluntad imponente.
Algunas veces, se alza el telón de sus párpados,
mudo. Una imagen viaja hacia dentro,
recorre la calma en tensión de sus miembros
y, cuando cae en su corazón, se funde y desvanece.
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora